El dulce y fecundo placer de leer


Porfiada intuición ratificada con los años: al menos ni la televisión ni internet podrán acabar con el dulce y fecundo placer de leer.
Leer un libro, hojearlo, comenzando por donde se desee, repasarlo, consultarlo, escudriñarlo, marcarlo o dejarlo en el anaquel no es lo mismo que tenerlo ante una pantalla, por más nítida que sea la resolución en píxeles de ésta.
Pasa como en el cine: ese aire de solemnidad o placer ritual de la gran pantalla, esa tácita complicidad entre uno y otro espectador, esa especie de intimidad mágica y compartida en la oscura sala no podrá brindárnosla la gregaria y relampagueante televisión.
Es posible que los libros cambien de formato, que la electrónica nos permita llevar en el bolsillo la Biblioteca del Congreso de Washington  y podamos leer en monitor de multisincronía como en hoja de papel.
Independientemente de su forma, el libro tendrá larga vida.
Los libros posibilitan y avivan la reflexión, el establecimiento de relaciones cognoscitivas entre una realidad y otra, la puesta en marcha de los procesos cerebrales que permiten al individuo hacerse crítico y a la humanidad avanzar.
Todo lector es activo: piensa, medita, compara, examina, considera, especula, recapacita, sustancia, discurre. Tiene tiempo para tomar distancia.
No existe lector acrítico.
Por el contrario, todo espectador suele ser inactivo: recibe, acepta, soporta, sobrelleva, permite, se resigna. Las imágenes en la pantalla transcurren como en un universo provisorio,  pasajero, efímero.
La relación cerebral que establecemos entre imagen y frase es orgánicamente diferente. Por eso el humano creó la palabra. No existe figura, ni gesto, ni señal que sustituya el complejo universo de las sensaciones, de ideas, de conexiones mentales que pueden expresarse y entenderse con palabras.
El dulce (y fecundo) placer de leer acaso sea el más jubiloso ejercicio de la razón
Gustavo Pereira. 

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